Por poco olvido que el escrito venía con sus reglas. Porque
así concibo las cosas, como pequeños juegos de este gran juego. Pareciera que
hacer esto o transformar las distintas situaciones en eso, desprestigia a la
acción, pero en realidad la constituye como tal. Tenemos derecho a la vida, a
la educación, tenemos derecho al juego. Cuanta responsabilidad, que maravilloso
y gran regalo; la conjunción de vida y educación.
El viejo sabía que había estudiado para maestro, que
disfrutaba compartir mi tiempo con los más pequeños deleitándome con
escucharlos balbucear, verlos gatear, sorprendiéndome con sus primeros pasos, y
armar así magníficos interrogantes. El viejo sabía que respetaba las
conversaciones del señor de la tabacalera del otro lado del océano. También me
escuchaba conversar con los niños cuando nos reuníamos entre las paredes
blancas, y así, navegábamos y hasta naufragábamos en mares de pensamientos profundos sin temor al
extravío o la tragedia… porque lo entendíamos como un juego el cual siempre tenía
el mismo fin, disfrutarlo. Hemos compartido con el viejo momentos de
adolescentes, y allí también a veces nos faltaba norte. Jugábamos. Siempre.
A veces, la regla es la no regla, lo sinuoso el camino corto
y la ilusión lo verdadero. El viejo me escuchaba, y yo a él, hasta después de
su muerte. Así como el juego, el viejo, contenido y continente, materia y
forma, partícula y energía, compartimos ahora, antes y después.
¿Qué tiene que ver esto con educación? Todo. Nada.
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