Eso el viejo lo conocía bien. Desde niño, desde su cuna, la montaña. Porque si algo sabía, porque bien lo había aprendido, era que dependiendo el lugar al que quería llegar, eran las huellas que debía seguir. Una y otra vez probaba esta primera idea para simplemente ver si tenía excepción, y nunca encontraba dificultad para hallar el destino. Hormigas, avispas, abejas, ovejas, cabras, potrillos, potrancas, pumas, hasta una que otra soledad, o tristeza, o alegrías.
Un niño de montaña era el viejo, una de las personas que caminaba siempre acompañado por más que se lo viera solo. Es que la compañía venía desde adentro. Una suma de sonidos de pasos justo en el momento de dejar la huella, la marca que sirve de guía. Cuando caminaba con amigos se lo veía iluminar la noche con su mirada. Cuando era acompañante de algún desconocido, suave sonreía para no perturbar con la imprudencia. Una cosa es clara, buscaba compartir el paso. A veces sugería acelerarlo, por ser conocedor del lugar; otras aceptaba disminuirlo, contemplando la intuición de la persona con quien caminaba.
Eso me enseñó el viejo, a caminar. Y de esa manera, junto a los otros. Y que si quiero encontrar el destino simplemente sigo las huellas que ya están, desde siempre. Y así, en el hecho de aprender y enseñar, los momentos fluyen nacen y crecen, siempre a la altura acordada.
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