Crezco entre niños. Sé que entre ellos lo hago, pues puedo sentir que aprendo, que me enseñan. Tal vez sea por el profundo deseo de sentir lo que sienten, lo que alguna vez llenó todo mi tiempo. Ya lejano. Quizás por el anhelo inconmensurable de pensar como cuando pequeño, donde imposible no formaba parte de mi vocabulario. Simplemente era perder la mirada en algún punto lejano y llegar, y desde allí tornar la mirada y ver todo lo recorrido en un instante. De poder volar, de explorar el descampado del frente, y de temer a la vecina, a la vecina mayor de cerca de la esquina. Un sin fin de árboles han sido aviones, helicópteros, castillos, casitas, chocitas, amigo.
Cuando estoy con ellos intento sentir lo que sienten; pensar su pensamiento y pensar con su lógica, con su intuición; decir como ellos y a mi manera; hacer de su forma, mágica, espontanea, simple y compleja. A veces camino lento para que sus pasos rápidos nos hagan igualar velocidades; o me detengo y sencillo dejo que se alejen. Es tanto lo que uno aprende contemplando el pasar. Entre niños puedo callar, escuchar mi silencio y el suyo, y dejar la razón de lado.
Mil pasos di la última vez para decir nada. La última vez, la decisión estaba tomada y las palabras ordenadas para proponer el juego que los adultos complicamos; y bastó una sonrisa no planeada para que todo cayera, para que aceptara jugar a su juego y sonreír porque es lo único que podemos hacer.
Estos niños son un tesoro, sueñan, aunque a veces pareciera que quieren crecer para ya no hacerlo. La vida los ha arriado hasta aquí y justo nos hemos encontrado, pues hacía rato que venía perdido. Historia de un rey, una deidad, y la mismísima libertad. Ellos lo comprender aunque por momentos las lágrimas nos empañan los sueños. Ojalá también se encuentren.
Enero nos invitó a viajar y como buena tropilleros por más que el viaje no resultara como esperábamos encontramos buenas sonrisas. Hermosas imágenes en la memoria. Un espectáculo compartido, un vino, excelentes fotos, mates entre un par de piedras desordenadamente apiladas, sueños, cielos e infiernos.
Febrero se va lleno de peñas, música y baile. Con una tristeza que quizás antes se hubiese mostrado como ridícula. Se va de manera lenta, detenido por un momento al costado del camino. Otra vez expuesto a la mirada rápida del que pasa por la cinta, del que decidirá en segundos, quien soy, quienes somos en ese momento ese uno. De a pie parece que quedamos, pero sé que solo es una ilusión. Un pasar. Un rato no más.
Crezco, gracias a ellos, que hoy constituyen mi sueño, mi realidad.
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