He caminado buscando mi sangre, aquella que no conocí, esa que gotea cada vez que con un golpe se apura por rozar el aire, por huir de este cuerpo. Por momentos la pregunta se hacía presente y las respuestas esquivas dirigían sus sonidos para rumbos que son más que conocidos. Siempre hacia adelante, mirando mi sombra achicarse y luego crecer, solo. Al principio un par de perros me acompañaron, hasta que se dieron cuenta que no conocía mi destino y basta un perdido para saber que no ha de bien guiar. Las piedras sintieron mis tobillos, y mis rodillas el peso a la espalda. Caminé bajo el sol y un rato junto a la luna. De día mis ojos se llenaban de horizonte, de noche de formas caprichosas unidas por cada estrella.
He comido cada noche junto a un nuevo amigo y he compartido siempre un buen vino. Esa tonada tan bella que me endulza el alma, entre tímida y pidiendo permiso, esa tonada colmó mis oídos.
He dormido sin miedo acompañado de todos mis muertos. No he sentido frío, ni angustia de no haber compartido esto. Se escribió así, en una hoja larga y con trazos de muchos, grabados con su mirada.
He viajado. Buscando niños, aquellos niños que me ayudan a saber quien soy.
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